Nuestra primera colaboración para La Vanguardia/Chile

Lo expresado por la diputada ya es casi conocido por todos: “Ustedes me conocen, yo soy pinochetista, y lo digo sin problemas. Soy una agradecida del gobierno militar, y lo voy a decir siempre, aunque eso a la gente del Partido Comunista y del Frente Amplio les dé urticaria. Yo soy una mujer valiente y les pido esa misma valentía a ustedes”.

La reacción de la Ministra vocera de Gobierno es también de público conocimiento: “cuando uno cree en la diversidad, en el respeto a la diferencia, como lo cree nuestro gobierno y coalición no puede existir incomodidad”.

En esta secuencia de declaraciones desafortunadas, a las que ya nos va acostumbrando el oficialismo, el problema no es – solamente – lo expresado por la diputada y la ministra, son las reacciones favorables que han provocado y lo que se manifiesta a través de ellas.

Que Camila Flores sea pinochetista no representa ningún inconveniente. Menos que lo exprese ante su círculo de amistades. Pero ocurre que ella no habló de política durante una cena privada, pregonó en el contexto de un acto oficial de un partido político – instituciones que reciben financiamiento estatal – su adhesión y gratitud respecto de un régimen acerca del cual no existen meras suspicacias sobre sus actos criminales. Hay evidencias y sentencias judiciales que condenan los delitos cometidos durante el gobierno de quien ella se declara calcetinera. La seriedad y los deberes propios de la autoridad que la diputada Flores desempeña, no merecen ser traicionadas de tal forma. Y para sentir urticaria ante su falta de respeto hacia la república y nación chilena, no es necesario ser militante del partido comunista ni integrante del frente amplio. Simplemente hay que ser empático y no circunscribir la fraternidad entre compatriotas a la teletón o un partido de fútbol.

Confío en que la diputada Flores fue mal aconsejada por la inexperiencia de Camila y por el enardecimiento de quienes en masa aplauden a quien sin prudencia expresa lo que ellos por prudencia no se atreven a decir.

Con todo, lo expresado por la Ministra Pérez es más difícil de explicar. Y eso que a una vocera de Gobierno le toca hablar de cuestiones inexplicables. La libertad de expresión y el respeto por la diversidad tienen límites, aunque los eslóganes digan lo contrario. Y no me refiero a límites jurídicos, aludo a fronteras éticas y republicanas. No se puede – al mismo momento en que se ofrecen tiempos mejores para todos – justificar con desparpajo la banalización de una dictadura y sus crímenes al alero de la diversidad. Cecilia Pérez puede creer que ello es posible, pero la ministra secretaria general de gobierno debe saber que una democracia no se conduce por las sendas de la apología del delito.

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