Entre el Populismo y el Síndrome Estocolmo de las Oligarquías.

Columna publicada en La Tercera el 12 de Mayo de 2017.

Los laberintos de la política son insondables. Si no lo cree consulte en las enciclopedias el listado de “estadistas de fuste” que resultaron desplazados por la contingencia. Pero, al mismo tiempo, indague sobre los factores que han contribuido en la proliferación de dos pandemias. La de una política nostálgica, miope ante un mundo que cambió, y vaya cuánto lo hizo. Patología que viene acompañada de un padecimiento secundario, la  promoción de una ciudadanía pretendidamente más ilustrada, generosa en loas endogámicas, igualmente clasista que el lastre de nuestra historia, inclinada a fundir oligarquías con aristocracias y que finalmente les reserva el mismo rol mesiánico. Pero que canoniza a sujetos que siguen utilizando al Capital Social como púlpito para predicar desde redes sociales y plataformas invulnerables un modelo de sociedad sintetizable en la pizarra de un aula, pero imposible de realizar, no por lo que somos los chilenos, sino porque el tránsito desde la homilía a la realidad es en extremo dificultoso para quién, por ponerlo en sencillo, es un “trending toping” que prefiere vociferar desde la galería en lugar de entrar a la cancha a jugar el partido.

Estocolmo

Los actores políticos nostálgicos no son por eso menos respetables. Recordemos, sin la valentía de varios de ellos la democracia actual y esa libertad de expresión del cual algunos se valen para denostarlos no existirían. Sin embargo, en ese grupo hay una estirpe que persiste en mantenerse vigentes políticamente, algunos con códigos del pasado, otros cayendo en la trampa populista de gobernar o proponer proyectos redactados en base a la sensibilidad de Twitter o de las Encuestas. Tal es, por ejemplo, el caso de un pre candidato presidencial que, en contra de lo esperado para un Estadista, ha prometido la disminución del número de parlamentarios. Y lo ha hecho cuando en Chile, pese a los avances, continuamos con bajos índices de representatividad entre el electorado y sus representantes. ¿Sabía usted que hace casi una centuria se elegía un Diputado cada treinta mil votantes? Raya para la suma: mientras menos parlamentarios tengamos, mayor representación tendrán los segmentos más privilegiados de la sociedad y, lo que es peor, con esta propuesta se fomenta el desprestigio del Congreso, único contrapeso al Presidente de la República, y se fortalece al ejecutivo. Es decir, porque no nos gusta un Congreso escogido por aquéllos que en el día de la elección, con este perverso sistema de voto voluntario, fueron a votar, optamos por fortalecer el poder de una sola persona.

De otra parte, los Mesías intelectuales, nos proponen fórmulas provenientes de la mera especulación académica. Acreditadas únicamente por la editorial en que han sido publicadas, pero no por la experiencia.  Y lo peor, nos seducen, secuestran y convierten en militantes en virtud del atractivo del paraíso. No obstante, vivimos en la tierra.

Por eso, en estas épocas electorales, procure ser libre. No se deje arrastra por los populismos ni sea un secuestrado que venera al secuestrador.  Apoye, promueva, y por favor vote, por quien defienda a la República, pero no en base a las redes sociales ni desde un escritorio.

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