La verdadera (y actual) lucha de clases

Columna publicada el 27 de Enero en El Dínamo.

Que el lector o lectora no se asusten. Las líneas que vienen a continuación no se enmarcan dentro de esa discusión “Vintage” que endosa todo bien, o imputa todo mal, al binomio Capitalismo – Comunismo. La guerra fría, ya terminó, aunque algunos académicos – políticos o políticos – académicos, no lo crean.

Tampoco es un llamado a salir a las calles, incluso a quemar el cielo, porque la “era está pariendo un corazón”, como decía Silvio Rodríguez. Sin embargo, mis palabras no son un intento por solapar la llamada conciencia de clase o simplemente solidaridad humana, como prefiero denominarla.

Pretendo en esta columna, reformular una disputa señera, para adaptarla a algunos dramas de hoy. Y es que ahora la lucha de clases es entre los aspirantes a “Machos Alfa” versus no solo las mujeres, sino los niños y niñas. Insisto, no hablo de lucha en términos de conflicto armado, guerrillas o encapuchados, sino como colisión de fuerzas o intereses en oposición.

Sin títuloHace algunas semanas, con celos irremontables, me he enterado de que en Argentina se ha aprobado una ley, de la Provincia de Buenos Aires, que obliga a que los baños de hombres cuenten con mudador para bebes.

Con envidia, he tenido la suerte de observar que en Brasil, por solo poner un ejemplo, existen “Baños Familiares”, de tal forma que no se someta a una hija a la histeria de la fémina – machista al ver ingresar una habitación rellena de casetas individuales a un hombre con su hija, ni de exponer a una niña al ingreso a los conocidamente insalubres baños para hombres. Lo mismo vale para las madres y sus hijos.

Y es que este tipo de obstáculos, a los que erradamente nos hemos acostumbrado, son cómplices de la perpetuación de los estereotipos de género – que la madre cuida y el padre provee – cuando estudios recientemente expuestos en la prensa demuestran que no existen las capacidades endémicas de género, sino condicionantes externos que convierten a las niñas en princesas – que requieren ser rescatadas – y a los niños, con una espada de Damocles que pende sobre sus cabezas durante todas sus vidas, en príncipes que deben dominar un castillo y acudir a la redención de la fémina inválida. Distribución tradicional, pero arbitraria, de roles que no beneficia a “machos” ni “hembras”.

Hablar de luchas de clases solamente en términos de factores productivos y en dinámica de aliado versus enemigo, me parece superficial y nos hace obviar la real lucha de clases cotidiana: la en contra de la heteronormatividad que obliga a las mujeres, pese a sus envidiables biografías, a ser secretarias de actas, servir el café, adolecer de espacios propios, ser objeto de desconfianza y remontar mil dificultades, todo para, con subsidio del destino, alcanzar  lo que debiera ser el punto de partida: ser tratadas como seres humanos iguales en dignidad y derechos.

Y me refiero a ese eje de la discusión como superficial, porque encapsula la disputa por la libertad solamente en un plano, generalmente en el que hoy solo combaten hombres.

La gran paradoja es que, inclusive, ningún “Macho Alfa” – mucho menos un liberal – estaría dispuesto a soportar eso para su hija.

 

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