Necesitamos un enemigo, columna publicada en La Segunda.

La construcción de la identidad de personas, grupos o entidades se realiza, en parte, por oposición a estereotipos, ideas, sistemas, inclusive sujetos reales o ficticios. Cuestión que ha sido ampliamente estudiada por la sicología y la sociología.

20161207_231942Por eso, en cualquier historia aunque sea breve, el protagonista requiere de algún antagonista. De alguien a quien combatir, para diferenciarse y así edificar, delimitar o reafirmar su personalidad. Y esto ocurre tanto a nivel individual como colectivo.

¿Qué sería de cierta izquierda hoy sin el recuerdo de Pinochet, o que podría haber reagrupado por estos días a tanto señero aval de la Dictadura sino la muerte de Fidel Castro?

La dicotomía amigo – enemigo, ha enseñado en nuestro medio el profesor Matías Silva Alliende, suele estar presente en cualquier referente político. Eso no necesariamente es malo. Pero tampoco siempre será bueno. Cualquier construcción de identidad en base a antagonismos no tiene idéntica ponderación ética.

Agruparse en oposición a una dictadura, revelarse contra la violencia de género o cuestionar la violación de derechos humanos, son casos en que la construcción del enemigo común no puede objetarse con facilidad.

Pero la situación cambia, cuando aprovechándose de la efervescencia o del descontento de sectores vulnerables, y con fines abiertamente electorales, se instala como enemigo a minorías con escasas posibilidades de defenderse. Eso es lo que ha acontecido con ese precario discurso que asocia migración con delincuencia y que sugiere devaluar la protección de los derechos fundamentales para los extranjeros.

Se ha sembrado el odio en el descontento de personas que han tenido malas, pero excepcionales, experiencias con migrantes. Se pregona, buscando adhesión, que el principal enemigo público que hoy debe enfrentar la nación chilena es el latinoamericano que cruza nuestras fronteras en busca de mejores oportunidades de vida.

Lo peor, es que se trata de una vieja y artera estrategia. Que ha generado holocaustos e irreparables conflictos raciales. Y hoy vemos como algunos líderes, tacaños en ideas, temerariamente acuden a ella dándole la razón a Eugen Ehrlich cuando afirmó que la historia sirve para darnos cuenta de que nada aprendemos de ella.

La buena noticia, es que salvo curiosas excepciones, esta vez, la idea del migrante como enemigo ha sido transversal y rotundamente rechazada.

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