Extranjeros y flaites: todos delincuentes, columna publicada en “Voces” del diario La Tercera.

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Durante los últimos días los medios de comunicación han difundido un par de desafortunados eventos vinculados a la actuación de Carabineros.Me refiero al video – que se transformó en viral gracias a las redes sociales – de una detención practicada a una persona de nacionalidad peruana en que la carabinera espeta respuestas de dudosa racionalidad, y a la noticia acerca de la detención de una persona al interior de una tienda, fundada en la sospecha de que se encontraba robado, cuando – según se ha dicho – estaba pagando una cuota de un crédito.

Estos dos hechos, servirían para llamar la atención acerca de la racionalidad del “control preventivo de identidad”, idea cuyos auspiciadores más entusiastas no han sido capaces de fundamentar con evidencia empírica y que se promociona con el burdo slogan “El que nada hace, nada teme”, frase que puede ser contestada en el mismo formato sosteniendo que: ¡Porque nada hago, tengo derecho a exigir al Estado razones fundadas para interferir en mi libertad!

Con todo, no me interesa emplear estas líneas para enjuiciar el actuar de la policía a partir de dos hechos. Eso sería injusto. Lo que me preocupa es la repercusión que estos acontecimientos han tenido. En efecto en redes sociales se puede constatar que grupos con importante grado de adhesión elevan estos cuestionables actos a la categoría de actos de patriotismo y justicia.

Me inquieta porque la atribución de virtud a actos de patente discriminación pone de relieve nuestros defectos más primitivos, esos que conspiran contra el objetivo de ser un país verdaderamente desarrollado. El desprecio por la diversidad, la estigmatización del origen, la generalización negativa (todos los extranjeros y flaytes son delincuentes), la división del mundo entre aliados y adversarios, junto a la validación de la violencia en cualquiera de sus formas, son elementos que revelan traumas no superados; provenientes – pienso – de cercanas condiciones de víctima de los mismos prejuicios, pero que reproducimos debido a una curiosa fantasía de que hemos ascendido en la escala social/regional/mundial y ahora podemos actuar como los que antes nos marginaron, como si eso constituyera el acto de iniciación y pertenencia a esas castas. Siendo los más desolador – a mi juicio – que se trata de una conducta liderada por algunos sujetos ilustrados.

Lamentablemente, el problema de esa fantasía es que es como un oasis.Nos seduce pero se desmorona con facilidad. Nos sentimos seguros, invulnerables, estandartes de la movilidad social productos de nuestro esfuerzo personal, hasta que  nuestr@ herman@, hij@ o vecin@es víctima de esas discriminaciones que solemos avalar. Porque mientras justifiquemos la discriminación; el mérito, el esfuerzo o las opciones individuales no cuentan. Lo único que vale es la nacionalidad, el aspecto y los contactos. Lo propio de una sociedad primitiva.

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