Borrachos, vagos y dementes en el proceso constituyente, columna publicada en “Voces” del diario La Tercera.

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El que exija perfección a las prácticas estatales está tan desorientado como el que  sostiene que desde el Estado se desarrollan tareas invulnerables a la crítica, o que se trata de las “mejores de la historia”.

El Proceso Constituyente no es la excepción. No se trata del Edén ni del Apocalipsis. Consiste simplemente en un esfuerzo por conducir una importante demanda ciudadana para saldar una cuenta pendiente: dejar de ser uno de los tres países en el mundo que en el tránsito de dictaduras a democracias mantuvieron constituciones impuestas a la fuerza.

Desde luego, la virtud del propósito no reviste de perfección a las vías propuestas para alcanzarlo.Sin embargo, algo ocurre con ciertos representantes de la “elite intelectual” chilena que, con más sentido de pertenencia a su grupo que a su posición política, critican el proceso con argumentos que revelan más su desconcierto por no protagonizarlo que una postura escéptica basada en fundamentos contundentes. Para muestra algunos ejemplos acontecidos durante los últimos días.

Primero, el que me parece más lamentable. En redes sociales Jorge Schaulsohn, en su reciente afán polémico, cuestionó al Hogar de Cristo por su decisión de organizar encuentros locales. Revelando su ignorancia acerca de la labor de dicha institución y una curiosa concepción de la democracia,se quejó de que “vagos y personas con problemas mentales” tuviesen espacio para organizar encuentros locales.

Segundo, un ex dirigente estudiantil, reconvertido en líder de un movimiento político con pretensiones socialcristianas  – Diego Shalperse refirió a los encuentros locales como reuniones de quince personas con diez “piscolas”. Ejemplo que no solamente pone de manifiesto la precariedad de su retórica sinotambiénun notable prejuicio por lo que acontece fuera del perímetro de sus experiencias.

Y, tercero, Lucía Santa Cruz en una entrevista muy comentada concedida a un periódico de la plaza, apelando a un discurso del terror,calificó sin argumentar porqué, la existencia de los encuentros locales como una estrategia Bolivariana.Como si la sola reunión de personas comunes y corrientes a dialogar sobre sus sueños fuese – ineludiblemente – un producto de las conspiraciones del marxismo internacional.(Y como si la figura de Bolívar fuere el Adán de los líderes neomarxistas de Sudamérica)

Lo anterior es muestra no de los múltiples y naturales déficits de un proceso diseñado en un Estado poco acostumbrado a ejercer la soberanía en plenitud.Es prueba, creo de dos cosas.De la incomodidad de las elites nacionales cuando aprecian que los comunes y corrientes se reúnen a dialogar sobre temas importantes (una especie de celo por un monopolio auto atribuido) y de que cuando la evidencia nos deja perplejos y no la comprendemos, intentamos atacarla, construyendo espantapájaros que se le parezcan en algo, para luego quemarlos.El único problema, es que esos espantapájaros son muñeco con que caricaturizamos las cosas, no son lo que ocurre en realidad.

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