Adultos y adolescentes en el diálogo constitucional, columna publicada en “Voces” del diario La Tercera.

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Durante estos días, algunos conspicuos columnistas de la plaza – con más fervor y prejuicios que razones –  han criticado que la etapa participativa del Proceso Constituyente contemple a toda persona mayor de 14 años. Con enfado han dicho ¡Cómo podemos incluir en la discusión constitucional a adolescentes! ¡Qué falta de seriedad!

Desde mi perspectiva (reitero lo que he dicho en otras columnas, que no es la mejor) madurez, autonomía, libertad y altura de miras, no son atributos que dependan exclusivamente de la fecha de nacimiento. Ejemplos de autoridades, académicos y personas comunes y corrientes, como uno mismo, que cotidianamente se comportan como niños, alimentan mi opinión. Pero jamás sugeriría excluirlos de esta oportunidad sin precedentes que hoy tenemos: dialogar tod@s sobre la Constitución que queremos.

Un factor que apoya mi hipótesis sobre la independencia de la edad y la madurez se explica en el ejemplo que señalo a continuación.

Una característica frecuente durante la adolescencia es el dramatismo exagerado con que enfrentamos las cosas. Quién sabe cuánto joven, al terminar una relación amorosa sufre sin límites, pensando que ha perdido al único, perfecto e irremplazable, amor de su vida.

Hoy no es difícil encontrar entre quienes se oponen férreamente a un cambio constitucional reacciones similares a quien padece el que metafóricamente llamaré “síndrome de amor adolescente”. Pero, lo peor, es que pretenden contagiarnos a todos.

Gracias a esta Constitución Chile es el país que es. Sin ella estaríamos sumidos en el caos. El desarrollo económico y social que disfrutamos sería imposible sin ella. En fin, todo lo que somos se lo debemos a esta Carta Fundamental, sostienen algunos. (A mismo tiempo que se burlan de quienes quieren una nueva Constitución, tildándolos de ingenuos por pensar que con ella solucionaran todos sus problemas). Para quienes padecen este síndrome el “Chavismo” es una muletilla con que descalifican cualquier ejercicio constituyente, pero que revela el desconocimiento de la multiplicidad de renovaciones constitucionales pacíficas y exitosas desarrolladas en todo el mundo.

No son los 129 artículos de la esta Constitución los que han delineado nuestra idiosincrasia, valoración por el trabajo, capacidad de superación, en fin, los que consideramos valores patrios. Sostener lo contrario  supone una inmensa falta de respeto a las chilenas y chilenos que día a día luchan por dar lo mejor a sus familias.

De lo anterior, es cierto, no se sigue como resultado irrefutable que la Constitución, si no es la causante de todos nuestros bienes, sea el origen de todos nuestros males. Pero se pueden desprender preguntas mucho más importantes: ¿Por qué contagiarnos de ese amor adolescente hacia la actual Constitución? ¿Por qué debemos pensar que un conjunto de reglas diseñadas en una dictadura pueden ser las mejores reglas básicas de convivencia que podemos tener?¿Por qué debemos creer que no podemos si quiera conversar sobre la Constitución que soñamos? ¿Por qué dejar que un conjunto de normas se lleven todos los aplausos por el trabajo que día a día realizamos todos por sacar adelante a nuestras familias?

Finalmente, retomando lo mencionado en las primeras líneas, reafirmo que las conversaciones constitucionales no han de ser monopolizadas por “Adultos”, pues tal estatus no depende de la edad. Además, junto con no jactarme de ser un sujeto maduro, no siento temor de dialogar con generaciones más jóvenes que pueden enseñarme a superar mis prejuicios, ni mucho menos de intercambiar ideas con quien piensa distinto.

Lo peor que podemos hacer en este momento histórico y sin precedentes son tres cosas: (1) hacer como que no existe, (2) negarnos a participar y (3) tratar de excluir del proceso a otros, basados en la imagen de superioridad intelectual con que nos ha adulado, únicamente, nuestro espejo.

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