Ícaro y el Constitucioinalismo Ético

icaro
Publicado en El Mercurio Legal el 13 de Junio de 2014.
Conocido es el mito de Ícaro, hijo de Dédalo conocido como “el arquitecto”. Este último, con el propósito de escapar de un destierro en la isla de Creta, confeccionó para ambos alas de plumas unidas por hilo y cera.
Antes de emprender el vuelo de regreso a casa, Dédalo advirtió a Ícaro que debía mantener distancia del sol y del mar. Del primero, porque su calor podía derretir la cera de sus alas y del segundo porque se encontraba controlado por Milos, el artífice de su exilio.
Ícaro, según cuenta la leyenda, desatendió los consejos de su padre y encantado por la luz del sol voló demasiado alto, al punto que el calor derritió sus alas y terminó cayendo al mar. Su ego, lo convirtió en presa del otro riesgo que debía evitar.
Parte de la discusión actual en torno a la nueva Constitución se asemeja al mito de Ícaro: algunos, temerosos de los oleajes, procuran defender de las que llaman mayorías contingentes (como si existieran mayorías perennes) ciertos elementos consignados en la Constitución. Valores supremos, principios, opciones institucionales, son tratados por algunos como tesoros intangibles que no deben ser tocados; una especie de verdad perfecta contenida en la Constitución que vendría —entre otras cosas— a orientar el desarrollo de la sociedad y corregir los habituales errores de los poderes constituidos.
Empero, al empeñarse en volar alto para huir de las olas, no se dan cuenta de que el calor del sol los conduce al mismo destino que a Ícaro: el fracaso en la protección de lo que aspiran a proteger. Y es que una de las más peligrosas degradaciones del iusnaturalismo consiste en el que se ha dado en llamar Constitucionalismo Ético y que no es otra cosa que un positivismo ideológico reforzado.
Dentro de las variantes del positivismo —en la clásica tripartición sugerida por Bobbio— la orientación ideológica proponía la existencia de una obligación moral de obedecer el Derecho. En tal paradigma, la moral social que se condensa en el Derecho positivo anulaba cualquier clase de razonamiento crítico respecto del Derecho vigente, estableciendo una sinonimia espuria y artificial entre Derecho y Justicia. Prueba de la peligrosidad de esta aproximación al fenómeno jurídico se revela en el uso que de este hiciera el régimen Nazi durante la segunda guerra mundial.
Pues bien, la tesitura de la intangibilidad constitucional basada en la corrección material de los preceptos vigentes (con prescindencia de su origen o de la simple voluntad mayoritaria de modificarlos) aproxima fatalmente estos postulados de origen iusnaturalistas a la lógica del positivismo ideológico, al defender una concepción del texto político como una síntesis moral prácticamente imposible de perfeccionar y, por tanto, prescriptivamente superior a cualquier debate crítico.
En tal contexto, la incondicionada defensa de la Carta Política vigente, que apela a la perfección de su matriz, las bondades de los efectos que ha producido y la peligrosidad de apartarse de la senda de virtud que ella traza, hunde en el mar —cual Ícaro— a los que por alejarse de las olas vuelan cerca del sol, pues en lugar de defender la posibilidad de reflexionar moralmente en torno al Derecho vigente y de perseguir un sistema más justo, ahoga cualquier atisbo de crítica respecto de las normas constitucionales e infraconstitucionales, hundiendo de paso lo mismo que el positivismo ideológico pretendía suprimir del horizonte jurídico: el protagonismo de la razón.

 

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