Reflexiones sobre una nueva Constitución

Entrevista desarrollada en CNN Chile hace casi un año, sobre un tema que cobra cada vez mas relevancia en la actualidad.

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La que hay que derrocar: la dictadura de los promedios.

Columna Publicada en El Dínamo.

Hay tanto demócrata repentino chileno, que se apresuró en vociferar contra el régimen venezolano en medio de la crisis que afecta a ese país, pero que guardó silencio al cumplirse los 40 años del Golpe de Estado de Pinochet y que siguen – desde 1973 – utilizando la eufemística (y vergonzosa) expresión “pronunciamiento militar”. Y hay tanto inconsecuente que demoniza la dictadura adversaria y santifica la del propio bando. Sin embargo, la mayoría de las dictaduras tienen opositores que – para bien o mal – las quieren derrotar. Y digo la mayoría, porque hay una que persiste en Chile, goza de buena salud y es avalada por diversos sectores: “La Dictadura de los Promedios”.

Agudo, como siempre, Nicanor Parra explicó de forma magistral la trampa que subyace en la compulsión por medir todo en cifras macro: “Hay dos panes, usted se come dos. Yo ninguno. Consumo promedio: un pan por persona”.

Los promedios no existen, son sólo un marco de referencia en mediciones cuantitativas. Y prueba de ello es el contraste que durante las últimas semanas se ha producido al observar el resultado de dos indicadores: las cifras de crecimiento que según el Gobierno saliente se alcanzaron durante los últimos cuatro años (nominalmente superiores a las de algunos países desarrollados) y el índice de desigualdad de la OCDE, que reitera lo que a esta altura es casi parte del paisaje de nuestra sociedad: que Chile es el país con mayores desigualdades en el grupo.

¿Alguno de los informes miente? Pienso que no. ¿Dónde está el error? En seguir pensando que la clave del desarrollo de las naciones se circunscribe al crecimiento económico. Ese reduccionismo – entre cándido y culpable – tal vez adoctrinado en alguna escuela de formación política – se contenta con encapsular en un sólo factor procesos multidimensionales y complejos, invisibles a esos ojos seducidos por la falacia de que las sociedades avanzan gracias a héroes que “dan empleo” y “hacen crecer el país” con sus emprendimientos (como si una empresa fuese una entidad mesiánica que no depende de sus trabajadores, sino que los salva y  por eso debe ser objeto de veneración).

El verdadero desarrollo de los países no se puede medir atendiendo sólo a variables macro económicas. Y en ese plano, tampoco se puede dar valor  de dogma a la cifras totales divididas por la cantidad de habitantes: el promedio (menos hoy, que con un Censo tan mal hecho ni siquiera sabemos cuántos somos).

La victoria contra el subdesarrollo y la desigualdad no se logrará cuando los promedios del País aumenten en sus valores e igualen estándares de naciones consolidadas. Se alcanzará sólo al asegurar que quien tiene menos pueda satisfacer sus necesidades básicas. Un país justo no es aquél que logra cifras llamativas porque los primeros de la fila aumentan su bienestar en la medida requerida para subir el promedio. Justo, es el país en el cual los últimos de la fila – los postergados y los invisibles a los promedios – han logrado superar las barreras que los margina del bienestar mínimo a que tiene derecho toda persona.

Sin desarrollo integral, no hay democracia de calidad. Y mientras no la tengamos, bastante penoso es instalarse como paladines de la democracia en el mundo. Más aun cuando estamos presos de una dictadura fuerte e invisible: la dictadura de los promedios.